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CICLO INMIGRACIÓN. Arrasate-Mondragón.

apertura del cileo como la apertura de la paz en Arrasate-Mondragón.

Cielo cogido por las manos, como la paz en Euskadi, cuya apertura contrae las grietas de la memoria, y ahora la batalla del relato, que se discute por quienes están unidos en la paz, no olvidemos que estamos unidos en querer paz. /Foto cedida por Daria. Nota: la autora afirma que la imagen no ha sido modificada con Photoshop (queda a cargo del lector creerlo o no, yo no sé si me lo creo).

A través del escaparate se veían; pequeñuelos jugando en el parque de fuera, los padres cuidando de que no se cayeran, protegiéndolos cuando se deslizaban de los toboganes para caer en ese suelo amortiguado, propio de los parques infantiles.

Vi a la chica morena, alta y delgada, la de la cara de ogro, con la que jamás he cruzado una palabra, pero sí muchas miradas. La observé, volví a comprobar, veía lo que estaba viendo: jugaba con un niño, sonreía, reía. No tenía cara de enfado. Me extrañó verla.

Esa expresión propia de ella había desaparecido. No me extrañó observar su cara de enfado en la imagen de un periódico, imagen que se refería al semi-dios recluido en su casa por un cáncer terminal (“entre todos hemos pagado los servicios de la policía que escoltaban su portal”, me decía una ciudadana), ellos dijeron que había muerto porque el Gobierno no lo había sacado antes de la cárcel; para otros semi-persona, jamás mostró ni un ápice de arrepentimiento por asesinatos y secuestro cometido. En la imagen del periódico aparecía la chica, portando el ataud, con cara de enfado, más que de dolor. “Tras el enfado, siempre hay tristeza”, me dijo en una ocasión una persona.

Mientras jugaba con su hijx, recordé los años de infancia y adolescencia. Sabiendo quiénes confirmaban el ala dura del bando contrario, sin tener ni idea por qué se creaban bandos ni cuál era la verdadera razón de aquella opresión que tanto se sentía, siempre que los veía, a las personas como la chica con cara de enfado, me preguntaba si también se besaría con otras personas, si mantendrían relaciones sexuales (estas preguntas corresponden más a adolescencia), si serían cariñosos… como si sorprendiera cualquier acto de amor que pudieran crear y/o participar.

Me sorprendió volver a sentir esa sorpresa, mirándola desde el escaparate, riéndose y jugando con su pequeñx. Me pregunté, al menos conscientemente, creo que siempre me lo he preguntado sin ser del todo consciente –“lo sabido, pero no pensado”– por qué tendría esa chica cara de enfadada, qué le habría pasado para portar aquel enfado: ¿habría sido torturada? ¿algún familiar lo habría sido? ¿semi-dios o semi-persona pertenecía a su entorno inmediato? ¿habrá sido educación? ¿conocerá, se habrá preguntado  sobre el sufrimiento del vecino, de las personas que no pudieron expresarse y a las que aún les cuesta decir lo que piensan?

Ella era amiga de un chico que tuvo que irse durante una larga temporada, cuya casa fue registrada por la policía, el chico tuvo que irse, después volvió, ahora se pasea sin la cara de enfado. Al mismo tiempo ella era amiga de un chico que relacionaba los límites de las matemáticas con la independencia, en plena clase, sin que la profesora dijera nada. Aquel chico echaba la bronca a las personas que queríamos salir fuera de Euskadi para estudiar en la Universidad, a menos que el lugar de destino fuera Barcelona, entonces no había problema. Ella es amiga de una chica cuyo hermano no puede pasearse por la calle. Esa chica, sin embargo, no tiene cara de enfado.

Hubiese sido extraño que la chica se hubiese girado, hubiese pensado en la cara que quien la observaba (que no sé exactamente cuál es, pero de enfado no), se hubiese formulado las mismas preguntas, y hubiese hecho un mini-repaso al círculo de amistades correspondiente al observador: coincide en que todas somos hijas de inmigrantes.

 

 

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