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pintada que reproduce la bandera de Cataluña en Euskadi

Pintada que reproduce la bandera de Cataluña /Getaria. Euskadi J.M

“¡Exijo decidir!”, escribió un compañero escritor en Facebook.
Al leerlo,me quedé pensando.
¡Yo también me apunto!

En los últimos días parece que la tensión entre el Gobierno central y la Generalitat se ha incrementado en el denominado ya “conflicto” de Cataluña. No estoy segura de ello(s) -la ‘s’ me ha salido espontánea y es tan significativa que la dejo donde está-. Hace mucho tiempo que no piso ni Barcelona ni Cataluña. Pero las imágenes no son bonitas: el presidente Rajoy por fin ha hablado, aunque sea delante de los medios, hasta hace bien poco no decía ni “mu”, y los de la otra parte, en la Generalitat, no paran de hablar. Y los de abajo, en la calle, no paran tampoco, y desde fuera de Cataluña tampoco. Y las banderas por todos los lados.

Tanta bandera me ha recordado a Turquía. Y las tiendas de campaña que algunos ciudadanos han puesto en la calle, en Barcelona, en frente de alguna institución pública. Para protestar. Me ha recordado a las protestas Gezi en Estambul, de la eliminación de un parque estalló lo subterráneo de una sociedad que aguanta en exceso. Y esa misma sociedad subterránea sacó banderas, muchas banderas. Y todas esas banderas… le daba un aire feo, desarticulaba en cierta manera la protesta. Recuerdo las palabras de un amigo kurdo, decía algo así como: “todos nos incluíamos en las protestas hasta que empezaron a sacar la bandera turca”.

“¡Exijo decidir!”, ostra, se me ha quedado en la cabeza. No voy a entrar sobre el referéndum, parece un orgasmo patriótico por todos los lados, donde cada palabra, frase se interpreta según posición emocional correspondiente.

He pensado más bien en ese uso reiterado del “derecho a decidir”, más allá de que se trate de autodeterminación y/o secesión – estos términos tan de legislación internacional y que no se saben cómo aplicar, pero eso ahora da igual-. Me he quedado con ese “¡exijo decidir!” y con ese y tantas veces utilizado “derecho a decidir”.

¿Hasta qué punto hemos decidido algo en nuestra vida?

Eso es exactamente lo que he pensado. ¿Quién decide en este país? ¿Quién decide en Europa? ¿Quién decide en el mundo?

He pensado hasta qué punto en realidad se decide, en el día a día, digo. ¿En qué porcentaje decides en tu día a día? Ostra. La respuesta puede ser muy grave, o no, no lo sé, según gusto y emoción, claro está. ¿Hemos decidido fecha de nacimiento y nombre correspondiente? ¿familia? ¿casa? ¿cultura? ¿idioma que en la familia se nos ha inculcado?

En una micro-escala, ciudadanos ya sea en Cataluña, en Madrid, País Vasco, donde sea, y “el derecho a decidir” sobre nuestros pequeños quehaceres en el día a día: horario en el que te levantas, horario en el que llegas al curro (arriba esos madrugones), el curro mismo (arriba esa supuesta “libertad” que brinda el trabajar, y no trabajar ya ni te cuento, ahogado con las facturas por pagar), horario de salida (generalmente, más tarde que antes), tener esta u otra pareja (o no tenerla, ahí entras en revolución), tener hijos (ya ni te cuento si eres mujer y no quieres, entras también en revolución).

Ui, y qué te digo ya si hablamos sobre “el derecho a decidir” del dinero (i)real que necesitamos para comprarnos (o no) cosas que tal vez (no) necesitemos tanto para impactar a personas que tal vez tampoco nos gustan tanto. El derecho a decidir comprar una casa y la cláusula de hipótecas y comisiones de hipótecas. Incluso de la ropa que compramos, esas modas que se instauran (ahora jean, zapatillas, camiseta corta, bolsa de tela y pelo súper largo), derecho a decidir la música que escuchamos, la comida que comemos,  los viajes que realizamos, el ritmo súper acelerado en el que vivimos,  todas las cosas que queremos o no hacer, pero que hacemos.

Y de todo eso que hacemos ¿qué es en realidad lo que decidimos hacer?

Y he imaginado, en vez de este rifi-rafe catalán-español, donde las huellas del franquismo aparecen un día sí y otro también, si en realidad cada ciudadano reivindicaramos nuestro “derecho a decidir” sobre nuestra propia vida: desde la mañana hasta la noche – o quizás otro lapso de tiempo, por qué no-.

Ui, solo de imaginarlo me estalla una sonrisa.

Me resultaría muy impactante: personas súper dispuestas a ejercer el derecho a decidir sobre ese inumerable de quehaceres diarios en una visión al futuro que contemplara el conjunto de esas pequeñas acciones como la cúspide de los sueños por cumplir, de los sueños por perseguir, de los sueños propios, de los ritmos propios, de las cosas que uno quiere hacer,de las cosas que uno quiere comprar, de lo que uno decida en realidad, si es que eso es posible, que he ahí la cuestión.

¿Y es eso posible?

Una vez bajo a la tierra, observo escenario.

La sonrisa se achica. Y una piensa en la necesidad de calma, y de no tensar demasiado la cuerda, y pensar un poco, y controlar la emoción.

Y la pregunta que me viene a la cabeza es, con todo mi respeto hacia las diversas posiciones que existen frente a este nuevo “conflicto” de Cataluña, con mi súper respeto al derecho a decidir, si un estado independiente proporciona una mayor libertad para decidir el quéhacer del ciudadano.


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