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Me encontraba en un concierto junto a una gran amiga. Desde el escenario soltaron  una gigantesca bola de plástico que representaba el mundo. Llovía y hacía frío, pero estábamos muy contentas de bailar rumba catalana (live music). La gigantesca bola de plástico del mundo giraba sobre las cabezas de los asistentes, meneada por el impulso de sus manos. Llegó a estar muy próxima a nosotras. Quería tocar la gigantesca bola de plástico del mundo, mi amiga intentaba ayudarme, en un esfuerzo de atraerla, pero no alcanzaba a tocarla y desistí. Poco tiempo después, cuando ya me había olvidado por completo de su existencia, sentí cómo rebotaba sobre mi cabeza. “¿Qué probabilidad hay de que una gigantesca bola de plástico del mundo rebote sobre tu cabeza cuando existe una multitud de personas en el público?”, pensé después. Abrí los ojos, ambas nos miramos y nos reímos. Comprendió mi interpretación; acaba por llegar, generalmente, sin forzar.

Un día cualquiera, algo se mueve, puede ser que alguien aparezca.
Todo vira.
Las prioridades cambian y las sonrisas se alargan.
El entorno brilla.

Había salido a dar un paseo. En unos días iba a emprender un viaje; suponía riesgo y aventura. Estoy acostumbrada al riesgo y la aventura, pero era otro tipo de riesgo y aventura, de los que asustan de verdad. Estaba nerviosa y bastante histérica. A punto de llegar a casa, avisté el arcoiris. Pensé en cuál sería la probabilidad de que se creara ese fenómeno, se produce en una mezcla inusual de lluvia y sol, cuando todos creen que debe ser lluvia o debe ser sol, sin darse cuenta de que a veces, en ocasiones muy contadas, llegan a mezclarse, se bifurcan por puro azar y producen fenómenos muy bellos, que son reales, independientemente de que sean pasajeros.

Imagen urbana tomada en Istanbul. Se ven altavoces en la calle y una cámara para grabar.

Mensajes ajenos/ Istanbul. J.M

Un día cualquiera, ocurren cosas buenas, en contra de opiniones generalizadas: “no vayas”, “qué estás haciendo”, “estás loca”, “no va a resultar”, “esas cosas nunca resultan”, “vete pero volverás decepcionada”, “vete para comprobar que ese susurro es falso”. Incluso, en contra de la propia opinión, dominada por una estúpida voz interna que reproduce esos mismos mensajes y te impide hacer lo que de verdad quieres hacer.

En esos casos, lo más bonito es tener una amiga a la que llamar. Ella comprende los latigazos de esa voz, sacuden en el instante en el que te encuentras al borde de un precipio ficticio. No estamos hechos para el riesgo, la incertidumbre y lo desconocido. Se nos hace para lo  que se debe hacer; vivir frustrados quejándonos de nuestra propia vida y criticando la de al lado. Producción, producción y producción. Resultado, resultado y resultado.

Los miles de mensajes que recibimos a diario “no te enamores de él, no va a resultar”, “cómo vas a ir allí a verle, estás loca”, “¿a qué te dedicas? escribo una novela, no en serio, ¿a qué te dedicas? escribo una novela, ahora en serio, ¿a qué te dedicas?, imparto clases de alemán, ah eres profesora de alemán”… dichoso deber.

 

Cuándo dejaremos de darle tantas vueltas a lo que deberíamos hacer, en vez de prestar atención
a lo que realmente queremos hacer.

Dos cámaras vigilan las calles de Istanbul.

Cámaras en las calles, ciudadanos en ojos ajenos/ Istanbul. J.M

Me encontraba en una cafetería. Una chica me preguntó si podría sentarse. Le respondí que sí. Me dijo que en el lugar sin estímulos (=Mondragón)  las personas no tienen la costumbre de sentarse en mesas ocupadas y que a ella le parecía una tontería. Le respondí que me daba exactamente igual que se sentara. Yo continuaba en aquel precipicio ficticio; iba a tirarme, para bien o para mal.

Empezó a despotricar sobre los vascos, “somos unos mente cerradas”, “yo también soy abertzale pero he viajado y tengo la mente abierta”. Me gusta escuchar lo que piensan, generalmente permanezco callada, hasta que soltó aquello de “soy vasca y cuidadana del mundo”. Le respondí que dada la concepción dominante que yo veía del concepto vasco en el lugar sin estímulos (=Mondragón), parecía bastante incompatible ser vasco y ciudadano del mundo.

Continuamos hablando, hasta que escuché:

– Haz lo que te salga de los cojones. Haz caso a tu corazón. No dejes que nadie te diga cómo vivir tu vida.

La miré. Pensé que el mundo se había vuelto loco. Me ocurre conocer a personas por la calle, pero que me suceda en el lugar sin estímulos (=Mondragón), aquello era locura mundial.

 

Pensé en el precipicio ficticio. En la necesidad de ser valiente. En la necesidad de hacer lo que uno quiere hacer. En esa maldita voz que nos empequeñece; hay que custionarla, acallarla y dominarla. En las personas que apoyan tus decisiones. En las que son incapaces de hacerlo porque sus lenguas están manchadas por el miedo, la frustración y la envidia.

He saltado. Y lo único que puedo decir es que no será la última vez; el disfrute de la caída ha merecido la pena.

 

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