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– Euskadi es el lugar más bonito del mundo.

“¿Conoces cada uno de los lugares más bonitos del mundo?”, me pregunto mirándola. La observo. Tiene 15 años, es una chica muy inteligente, una de las personas más inteligentes que he conocido en mi vida, diría yo.

– Vaya, sí que conoces lugares en el mundo para poder compararlo- respondo con una sonrisa.

“A su edad, yo conocía Argentina, Alemania y España. Pero ella ha tenido la suerte de viajar por Italia, Turquía, Francia, Inglaterra… ¿De dónde sacas esas ideas? Es verdad que Euskadi es un lugar precioso; el paisaje, el mar, las montañas, los árboles… pero apenas ocupa unos centímetros de todo el globo, no es muy conocida, o por lo menos, las personas extranjeras que he conocido no sabían qué era Euskadi o dónde estaba“.

Asiente con la cabeza, reafirmando que Euskadi es el mejor lugar del mundo. La miro y sonrío. Sé que lo cree de verdad. Todos hemos pasado por eso. Algunos se quedaron allí, otros avanzamos. Pero todos hemos pasado por eso”.

– ¿Estás contenta con los resultados de las elecciones? – me pregunta refiriéndose a la victoria del PNV y de Bildu.
– No
– Yo sí. Son mis favoritos- afirma con contundencia.

“¿Por qué? ¿De dónde vienen esas ideas? ¿Las lees, las escuchas o las meditas? ¿Has llegado a esa conclusión por ti misma?”, digo para mí. Omito decirlo en alto. Es libre de expresarse.

– Los míos no- contesto-  los otro tampoco. No me identifico con ningún partido político.

Permanece callada. No me extraña lo que acaba de decirme, aunque siempre se queja: “los partidos políticos no sirven para nada, son corruptos, son ajenos a las personas…”. Yo le aconsejo que relativice, pero no me hace caso, y es normal, tiene 15 años. “Muchos políticos han sacrificado su propia libertad para defender sus ideas, aunque yo no las comparta, pero en eso consiste la libertad de expresión. Tampoco creo que todos los políticos sean corruptos y que todos se alejen del ciudadano. Aunque evidentemente los hay”, suelo decirle, y se queda callada.

– No sabía que los fines de semana quedabas con otras amigas- afirmo soprendida.
– Sí, las de clase beben [alusión a jóvenes que viven entre sábados alcoholizados, después me cuenta que los lunes van con mala cara a la escuela de la resaca que tienen]. A mí no me gusta.
– Haces bien. Así tienes diferentes grupos y no te aburres – “la institución de la cuadrilla hace mucho daño”, pienso yo.
Las de los fines de semana no hablan euskera. Solo en la ikastola. Fuera siempre hablan en castellano– lo dice con rechazo.
– ¿Y eso no te gusta?
– No – contesta.
– ¿Por qué no?

En la imagen se aprecia una pintada fotografiada en un frontón de Mondragón que indica "Euskal Herrian euskeraz" en alusión a la reivindicación del uso de este idioma.

Reivindicación lingüística del euskera/ Mondragón. J.M

No contesta. Nadie suele contestar a esa pregunta. Y si lo hacen, la respuesta es clara: “Tengo derecho a hablar euskera”. Es verdad. Fue un idioma oprimido, para algunos lo siguen siendo, es un idioma muy enlazado a una identidad que fue oprimida, para algunos lo sigue siendo, es un idioma muy relacionado con una determinada cultura que también fue oprimida, para algunos lo siguen siendo. ¿Qué queda de la esencia del idioma? Eso es lo que me apena. Sin citar las chavalas que tienen la costumbre de hablar euskera solo en la ikastola, puedo imaginarme cuál su categorización social dentro de ella.

Se tiene excesiva fijación en el resultado, pienso yo: cuánto hablas, si lo haces bien o no, dentro de la ikastola o fuera de ella. Me extraña comprobar que la misma situación se repita. Denomino a este fenómeno “el círculo generacional”. La misma división mental en jóvenes adolescentes. Creía que la globalización y la becas en el extranjero acentuarían el fenómeno, pero no es verdad, aunque en mi promoción sí percibo un cambio, pero es muy tenue y tal vez, se deba más a la edad.  Hace poco un abertzale me decía, “es mentira que viajar mengüe el nacionalismo”. Yo pensé: “cambia tu manera de viajar”, pero no dije nada.

Me gustaría preguntarle por qué cree ella que esas amigas solo hablan en euskera en la ikastola y qué tiene de malo querer expresarse en el idioma que uno quiere. Pero sobre todo, me gustaría preguntarle, como hice con mi amigo abertzale, por qué muchas personas que hablan euskera después no lo utilizan, incluso llegan a aborrecerlo. Por qué ocurre esto. Pero nadie responde. Él no lo hizo, incluso se quedó extrañado porque nunca le habían formulado esa pregunta. Me preguntó si era españolista. “Entramos entonces en el terreno de ser vasco o español, de izquierdas o de derechas…”,  le respondí, “ojalá fuera españolista, entonces tendría un lugar en el mundo”. Volvió a quedarse callado.

En eso consiste el círculo. Es irrompible.

 

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