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Una nueva serie de reproducciones respecto de conversaciones mantenidas. La autora de estas transcripciones, incluidos los pensamientos durante y posteriormente a dichos diálogos, no indicará la identidad de los interlocutores para salvaguardar su intimidad. En ocasiones, la autora ha pedido autorización, en este caso, la última conversación que se transcribe. La finalidad de estas reproducciones consiste en reflejar el verdadero sentir de parte de la población, más allá de los discursos oficiales sobre el nuevo escenario político, en el que la autora cree con firmeza, pero piensa, no reflejan toda la verdad. 

– Estamos en el corazón de Euskal Herria- afirma con orgullo.
– Mondragón debe ser una piedra en su riñón- respondo con ironía.

Árboles talados, huelen a madera, incitan al fuego

Árboles talados a la espera de su post-utilización/ Udala. J.M

–  A mí también me hubiese gustado irme a Irlanda o a otro país a estudiar inglés.
– ¿Y por qué no lo haces? Eres joven, solo tienes 30 años- digo en alto.

No entiendo cómo una persona de su edad no hace lo que realmente quiere hacer. Es algo que no logro entender.

– Tengo todo lo que quiero. Un trabajo, una gran casa, silencio, la huerta… – matiza.

La casa es preciosa: es grande, de las que no se ven habitualmente, cuenta con dos pisos, combina en ella pilares de madera con paredes frescas, ventanales enormes para que el sol acceda sin timidez y una ubicación exquisita; allá, en las proximidades de la Sierra de Aralar, al Norte de Navarra.

– Puedes alquilar la casa, venderla… entonces podrías irte a Irlanda- absurda costumbre de incitar a las personas a hacer lo que dicen que quieren hacer.
– Jamás alquilaría esta casa. Prefiero estudiar inglés en el porche.
– La única manera de dominar un idioma es irse al país. Se avanza mucho más rápido.
– No. Tengo todo lo que quiero.
– Ah, bueno, entonces…
Mis raíces están aquí.

“Raíces”. He ahí la cuestión. Por fin lo ha dicho. Intuyo la dirección de la conversación nada más iniciarla. Recuerdo el cuadro de “Euskal presoak Euskal Herrira” que he visto nada más entrar en la casa, situado al lado de la chimenea. Me ha llamado la atención que a medida que se ha ido haciendo de noche, una luz especial, dispuesta particularmente para ello, acaba iluminando el cuadro. La luz especialmente dispuesta me ha recordado a  las instalaciones que Hitler quiso construir en Nürenberg;  un gran edificio con el techo de cristal para que en sus discursos el sol le iluminase de forma natural y diera aspecto de dios.  Un dios con raíces, un dios absurdamente dispuesto en un trozo de tierra absurdamente adjudicado por el más puro azar.

Después, he observado la imagen del Gernika tallada en madera. Los horrores de la guerra civil, la represión del idioma, la muerte de muchos, el exilio de otros, el silencio inculcado por los malvados de fuera… y ahora los malvados están dentro. El nuevo escenario político parece haber aliviado sus rostros de enfado, aunque a mí me inspira más que nada tristeza; esa adhesión a un cacho de tierra absurdamente adjudicado por el más puro azar.

En la mesa, alguien ha soltado que soy escritora. Me pregunta si escribo en euskera o en castellano. Respondo lo segundo. No dice nada. Ambos sabemos qué piensa; son las raíces de los árboles que se agolpan en nuestras mentes y enraízan nuestros corazones.

No soy un árbol. Soy una persona. 

prohibición de fijar carteles

En localidades de Euskadi se habilitan espacios concretos para los carteles/ Madrid. J.M

– ¿Cómo definirías la sociedad vasca?
– Un rebaño de ovejas- debería de actualizar la definión, pienso. También la del concepto de “libertad”, ha quedado obsoleto.
– Pero qué dices tía- me mira sorprendido- en Euskal Herria tenemos la costumbre de luchar, luchamos por lo que queremos
– Pero qué dices tío, en Euskadi – matizo- lo único que tenemos es pasividad, y falta de pensamiento crítico y reflexivo.

Aunque es verdad. Ciertamente, hay un espíritu de lucha. Aunque de tanto utilizarse se ha quedado hueco. Continuamos discutiendo sobre política, durante todo el fin de semana. Es un chaval muy simpático y, extrañamente, nos entendemos a pesar de nuestras discrepancias políticas. Continuamos caminando por el pueblo. Hemos sobrepasados las cuatro calles y buscamos el acceso a un recinto.

– ¿Sabes por dónde es?- le pregunta una amiga mía.
– No lo sé, sigue a las ovejas- responde él, refiriéndose a las personas que se dirigían al acceso del recinto.
– Ha dicho ovejas- le digo a una amiga- ¡ha utilizado ovejas para describir a las persona!

Ella me mira y asiente. Una vez accedo al recinto me muevo entre pancartas.
Algunas son nuevas, otras las conozco.
El mismo olor las envuelve.

Es el olor de los árboles

– Estábamos en una reunión. Acababan de matar a un tío. No recuerdo si era periodista. Creía que nos darían alguna explicación. Pero nadie decía nada. Y yo pregunté qué había ocurrido. Me contestaron que cómo que qué había ocurrido. Había ocurrido y punto. Por algo será, dijeron. Nadie dijo nada. Pensé por qué nadie decía nada. No todos somos iguales.
– Es sectario- respondo con frialdad.

Nos quedamos callados. Lo miro. Matar a periodistas. Yo soy periodista.

Esa insensibilidad humana produce más escalofríos que la frialdad de las raíces de los árboles y la quietud del paso de las ovejas.

 

 

 

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