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Mirar los ojos verdes de una persona muy especial y sentirte tranquila, despejada, querida; posar el cigarrillo en el cenicero, continuar hablando y darte cuenta de que el cigarrillo se ha consumido, es entonces cuando te sientes integrada en el país; bañarte en un mar muy salado a la luz de una luna llena que impacta en el perfil de las colinas que el mar rodean, acordarte de ese mismo impacto de luz en Euskadi y darte cuenta de que es un hecho universal, verlo, sentirlo, asistir a su belleza; pensar, reflexionar, sentirte orgullosa, ser consciente de qué tienes que mejorar, intentar hacerlo, cuesta tanto…; descubrir un país que contiene miles de matices e intentar hacerlo sin juzgarlo, a veces es complicadísimo deshacerte de los ojos occidentales; echar de menos tu casa, tu familia, tus amigos, hablar en español o euskera, gastar bromas; no echar de menos absolutamente nada, pensar que estás donde tienes que estar, una elección personal que el tiempo ha conjurado muy disimuladamente a lo largo del último año; maldecir el sol que abrasa esta tierra, recordar entonces el invierno infinito de Euskadi con sus nubes y sus fríos y suplicar por favor que no te abandone ¡no quiero botas!; atender una conversación en turco, no entender absolutamente nada y preguntarte de qué coño estarán hablando, si suena muy extraño lo que vocalizan.

Saber que existen precios diferentes para turcos y turistas, exigir que se te apliquen los primeros, conseguirlo, es entonces cuando te sientes integrada en el país; no tener una rutina, maldecirlo a veces, alegrarte otras veces; asistir a la alegría de sus gentes, cómo se ayudan entre ellos, cómo se escuchan, a diferencia de España, exceptúo la solidaridad de algunos vecinos en tiempos malditos; asistir al sufrimiento de lxs turcxs por el trabajo, la dificultad de llegar a fin de mes y una sensación generalizada en la juventud de sentirse en una gran prisión; extrañamente sentirte igual de libre en Turquía que en Euskadi (consecuencia de dejarte la vida escribiendo una novela); ser una sultana; descansar, dormir, comer poco pero durante muchas veces al día, ¡si te alimentas de cosas más importantes!; ver gatos en todos los lugares, lo mismo en el balcón de tu casa que en una cafetería; no tener internet en el móvil o en casa, escribir un reportaje se vuelve una auténtica locura ¿por qué? El periodista debe estar en la calle; tener conjuntivitis y hacerle un gesto de picor desgarrador en los ojos al oftalmólogo que tiene una pinta muy extraña pero que te entiende a la perfección; salir a la calle, permitirte descubrir, hablar con las personas, escuchar, sacar fotos.

Pensar que todo es imposible; comprobar que cualquier cosa que te plantees en esta vida es alcanzable, son los muros de cristal que construimos los que nos anticipan al concepto de fracaso inculcado; fundirte una y mil veces en los brazos gélidos, fuertes y cariñosos de un alguien a quien amas, no cansarte, es más no querer deshacerte nunca de la calidez de un pecho que retumba amor, confianza y transparencia; tener paciencia, ser persistente, no desistir; llorar a lágrima viva cuando las cosas no salen como te gustaría, pillarte una rabieta de mil pares de cojones, sentirte impaciente por todo, cómo harás, qué sucederá, ¿el destino nos unirá o nuestra actitud vencerá?, conseguiré esto o aquello; benditos ojos verdes y manos rítmicas, voz que no tambalea y palabras/acciones que te relajan en la serenidad inusual que este muchacho desprende.

 

Al final del día es lo que cuenta.

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