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La prisión de Palmasola es una especie de ciudad amurallada dentro de la propia Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) donde los presos sobreviven en ella como pueden. La prisión de Palmasola es el epicentro de la antidemocracia que caracteriza al gobierno boliviano en su consentimiento por consentir vulneración de los derechos de las PERSONAS que en ella cumplen condena, independencia de nacionalidad y delito cometido. La prisión de Palmasola ha aparecido en el programa Encarcelados que el canal de televisión español La Sexta emite. Un programa acertado, pienso yo, pues siempre es positivo mostrar la situación de los presos, aunque en este caso se trate desde una perspectiva de nacionalidad española.

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Hace dos años entré en Palmasola para conocer de cerca la situación de los presos. En la primera visita, visité los diferentes módulos, hablé con algunas mujeres y entrevisté a un preso. En la segunda visita, entramos para organizar una sesión de cine y un debate posterior exclusivamente en el módulo de mujeres. Salí de la primera visita horrorizada y con mucho miedo en el cuerpo; ver el alcance de la indefensión de los presos ante la corrupción y la impunidad de la vulneración de sus derechos me destrozó. Volví a entrar la segunda vez para vencer ese miedo y aportar un mínimo a la mejora de sus condiciones.

Historias de presos

Dentro de Palmasola reina sin duda la ley del más fuerte y parece que la situación no mejora según las informaciones que recibo desde Bolivia. En el módulo de las mujeres visitamos a una presa boliviana que había sido condenada en España por tráfico de drogas y había conseguido, después de un largo proceso, ser extraditada a su país natal, con la alegría de haber vencido un cáncer gracias a la sanidad pública en España. Aquella señora tenía rostro amable, era bastante mayor y muy dulce. Decidió transportar droga a España porque no tenía dinero para costearse el viaje y acceder así a un tratamiento. El dueño de la droga se comprometió a pagar los gastos de abogacía y posible extraditación en caso de que la descubrieran, pero resultó ser asesinado, y tuvo que costearse ella todo el proceso.

Los periodistas de La Sexta hicieron bien no entrando en el módulo de hombres. Allí domina, más que en el módulo de las mujeres, el horror de la manipulación del dinero, las órdenes de un papi que ni siquiera vive en ese módulo, si no que lo hace en Chonchocorito– módulo donde residen los presos más peligrosos, a excepción también de aquellos presos que son enviados aquí porque no tienen dinero para pagar las amenazas del papi y evitar así ser destinados en este módulo en el que apenas hace dos semanas, según una fuente, resultaron muertos 32 presos y heridos unos 60 por enfrentamientos internos-.

La prisión Palmasola se sitúa en el octavo anillo de Santa Cruz de la Sierra/ Bolivia. J.M

La prisión Palmasola se sitúa en el octavo anillo de Santa Cruz de la Sierra/ Bolivia. J.M

La policía no entra dentro del módulo de hombres, a veces, lo hace en el de las mujeres, y sinceramente no sé qué es mejor. Según una fuente, muchas de ellas son violadas o trasladadas al módulo de hombres para ejercer prostitución, pero esta información no está contrastada y no puedo garantizar su veracidad. En el módulo de los hombres se ven a los de chaleco de seguridad interna con bates de béisbol y una sufre una verdadera paralización cuando se cierra la verja tras de sí. Habíamos quedado, dos personas que me acompañaron y yo, en una especie de taberna con un preso, que estaba acompañado de su mujer.

La mirada de aquel hombre era aterradora. Su mujer mostraba algo más de serenidad, pero él estaba psicológica y anímicamente desfallecido, en el límite de la vida y la muerte, eran sus ojos, su voz, el entorno hostil, el tener miedo, no tener a quién acudir. Decía que lo habían detenido porque conduciendo su coche se encontró con unos amigos y accedió a llevarlos a su casa. En el trayecto, la policía los paró y resultó que los amigos habían robado algo (no recuerdo el qué). Lo aprisionaron y lo mandaron a Palmasola. Comenzaron las palizas, las amenazas y los intentos de su familia en el exterior por recopilar dinero para pagar y evitar una de las primeras fases del internamiento en el penal: las violaciones de presos gays. En esa primera fase, la familia se retrasó en uno de los pagos y no pudieron evitar que lo metieran en un cuarto – las celdas allí no existen- le vendaran los ojos, le propinaran golpes y le pincharan con una aguja. No sabía qué le habían metido en el cuerpo, él imaginaba sangre, y no sabía si tenía tuberculosis – había un pabellón exclusivo para presos con tuberculosis- o sida. Yo formulaba algunas preguntas, pero la verdad es que era una chiquilla recién salida de la universidad y  no supe controlar el miedo, no llevé bien la entrevista, ni siquiera me atreví a sacar el block de notas, memoricé sus palabras y nada más salir las anoté. Después de hablar, dimos un paseo por el módulo, recuerdo que me picó una abeja enorme y un preso me trajo un cubito de hielo para bajar el hinchazón.

A la salida de la cárcel no me sentí más segura, no volví a sentirme segura en el resto de mes y medio que permanecí en Santa Cruz de la Sierra. Me contaron muchas historias sobre Palmasola: a una mujer le habían robado su jeep, le llamaron desde dentro de la prisión para regatear el precio que tenía que pagar para recuperarlo.  Allá todos conocen lo que es Palmasola, pero tienen miedo de hablar. En el exterior de las puertas de la prisión, estuvimos un rato con la familia del preso, estaban destrozados, hablaban de la corrupción de oficiales de la justicia por tramitar el caso ante los juzgados.

Después entrevisté a una religiosa. La pastoral penitenciaria es la única institución que realmente trabaja allí dentro. Aquella mujer era tremenda. Llegué a la residencia que lidera, destinada a las hijas de los presos de Palmasola que han sido abandonadas. Era una mujer estupenda, de acento europeo y me contó mil batallas: peleas internas en las que había hecho de intermediaria para evitar que se liaran a navajazos, cómo se había internado en el palacio presidencial de La Paz para hablar directamente con el presidente y pedirle fondos para poder impulsar programas de formación dentro del penal, incluso en la nueva regulación penitenciaria en el Parlamento, invitada para que escucharan sus sugerencias, llegó a retransmitir en un walkie talkie escondido bajo su sotana y transmitir  los pasos de la regulación a compañeros que estaban en el exterior del Congreso.

Mensaje al ciudadano. Mi ego periodístico

Dos años después de haber entrado en aquel penal y haber conseguido sacar a la luz la situación de los presos de allí, aunque claramente con un alcance mucho más limitado que los periodistas de La Sexta, a los que felicito por haber mostrado el tema, en especial, a Elena Pérez que es con la que he estado en contacto, quiero transmitir al lector la dificultad que tuve para publicar el reportaje que finalmente cedí a Hemisferio Zero y que después la Editorial Casiopea y Pilar Tejera publicaron también.

Simplemente quiero decir que existimos periodistas jóvenes con mucha ilusión y ganas de hacer bien las cosas, aunque por supuesto tenemos mucho que aprender, y que tenemos serios problemas para sacar adelante proyectos en los que creemos, al menos, ése es mi caso, que percibo un bloqueo claro en los medios de comunicación para sacar a la luz vulneraciones de derechos humanos en otros países (me sucede ahora con la cuestión kurda). Envié el reportaje a muchos medios que dicen trabajar con la perspectiva de derechos humanos. Puede que mi reportaje sea una basura, no digo que no, pero determinadas historias, como ésta, deberían de ser atendidas, sin atender en exclusiva al nombre conocido del periodista o a sus seguidores en las redes sociales. Es una reflexión, por supuesto, personal, pero existimos periodistas que nos hemos jugado la vida, muchos de ellos lo hacen a diario, yo no veo un horizonte claro en los medios de comunicación en España creo que muchos de ellos están muy cerrados. Me he cabreado muchas veces, he llorado muchas veces, y me he derrumbado muchas veces, pero al final continúo.

Simplemente, quería hacerlo saber. No me gusta callarme las cosas, aunque también sufro de autocensura.

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