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“Las paredes de la cárcel no son para saltarlas sino para que nadie las mire”, repetía Jacobo Dopico,  profesor de derecho penitenciario de la Universidad Carlos III de Madrid. No he olvidado aquella frase.

En su clase solíamos discutir sobre los derechos de los presos, los diferentes grados penitenciarios, debatíamos sobre la cadena perpetua y la pena de muerte. Recuerdo lo nerviosa que me sentía cuando un alumno solía posicionarse a favor de que un asesino o terrorista se pasara el resto de su vida entre rejas, independientemente de que fuera menor o mayor de edad; contaba únicamente el delito en cuestión y su entorno de populismo punitivo.

El profesor nos recomendó a las chicas que no fuéramos muy ligeras de ropa durante la visita a prisión. Estábamos bastante asustados, y yo tenía muchísima curiosidad por ver las instalaciones del centro penitenciario y saber cómo vivían.  Tenía una vaga esperanza de encontrarme con algún miembro de ETA y preguntarle si, en realidad, había merecido la pena.

Estuvimos toda una mañana en el módulo, viendo los talleres en los que trabajaban, las aulas de estudio, los comedores, la sala de comunicación con los abogados, las celdas que compartían, las celdas VIPs donde tenían encuentros con sus esposas… Hablamos con algunos presos, pero ninguno era miembro de la organización terrorista.

Un ambiente frío, helado y deshumanizado. Recuerdo salir triste de allí. Recuerdo sentirme como si hubiéramos ido a dar una vuelta al zoo: personas encarceladas en x metros cuadrados, desarrollando su vida en un sitio lúgubre, una vida paralizada entre talleres, monotonía de patio e incomunicación con la vida exterior.Recuerdo pensar lo duro que debe de ser pagar las consecuencias de un acto que lastima a la sociedad en su conjunto y a la víctima en particular.

La privación de libertad me impacta más que otra cosa, tal vez se deba a la poca libertad que hemos tenido en Euskadi, más concretamente, en Mondragón. La libertad es lo que nos hace personas, pienso yo. La valoro muchísimo.

Salida complicada de los presos

Salidas limitadas en la cárcel/ Istanbul. J.M

Texto a la salida de la visita, año 2007

“He estado en la cárcel. Estoy impactada e impresionada, siento algo de pena y tristeza. Me ha parecido un sitio frío, distante, poco o nada acogedor. Me impacta el poder coactivo que puede ejercer el Estado sobre las personas. Ese ente invisible que es el Estado [pasaje omitido] pienso en los valores democráticos que se nos inculcan: libertad, justicia…

¿Expulsar a las personas de la sociedad y mantenerlas en esa situación es justicia? ¿No debería de diseñarse otro tipo de modelo? Un descuido o una actitud un tanto alejada del camino pueden hacértelo pagar el resto de tus días.

¿Qué pensarán ellos? ¿Qué sentirán allí dentro?¿El encarcelamiento reprime la posibilidad de delinquir posterior? Los presos estaban muy deteriorados, sin nada que hacer, al sol del patio todo el día. ¿Ser abogada? ¿Para mandar a las personas a sitios tan minúsculos, tan poco higiénicos, tan faltos de amor?

Se les priva de la libertad y la intimidad. No tienen intimidad, no tienen poder para decidir cuándo quieren leer un libro, si quieren que sea en su celda. Se les arrebata ese poder de decisión inherente a cualquier persona, y todo de la mano de algo que es invisible, el Estado, que actúa en representación de la sociedad en su conjunto.

Me ha parecido aterradora esa privación de la libertad, de seguridad, de humanidad y de intimidad. No soy capaz de asumir la imposición de la coactividad y la represión sobre alguien”.

NOTA: Este artículo ataca una de las líneas de pensamiento dominantes de nuestra sociedad. El post no se refiere a que un delito deba quedar impune, sino la dureza de las condiciones en las que los presos viven y un modelo penitenciario que no sirve en la orientación de la pena: rehabilitación y reinserción. Excluirlos de la sociedad para amontonarlos en lugares oscuros debe cambiarse en un Estado Democrático Social y de Derecho que garantiza los derechos de todos los ciudadanos.

 

 

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