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Mujeres con velo que conviven en un país de religión musulmana mayoritaria. Hacia ella miramos. Turquía desde fuera parece o a muchos les da la impresión de ser un país árabe. ¿Serán las noticias? ¿Será la supuesta islamización de Turquía? Mezquitas, cantos, velos; otra vestimenta, otra cultura, religión diversa. ¿Y cómo vivirán esas mujeres en Turquía? ¿Serán libres, serán felices? ¿Y cómo nos mirarán a nosotras? Otras mujeres, otra cultura, otra vestimenta.

En mi primer viaje por diferentes zonas de Turquía, hace ya algún tiempo, cuando rastreaba con aquella cara de sorpresa conversaciones, gestos, vida cotidiana en la calle de este gran país, me di cuenta, en mi viaje por Marmaris-Estambul-Diyarbakir, de que en función de qué ciudad te encuentres en Turquía, la cuestión de las mujeres variaba: más aireadas o más tapadas, más reservadas o más abiertas, como si el velo fuera un indicador, no solo de religión, tradición, cultura, otra forma de vida, sino también el velo como un símbolo de política.

mujer en turquia

Mujer reposa junto al mar en un día de verano / Izmir. Turquía. J.M

Tiempo después, en un segundo viaje que realizamos durante este pasado verano en coche  por diferentes ciudades de Turquía: Izmir, Didim, Bodrum, Kas y Datça, he mirado en el sentido opuesto. No he mirado a las mujeres con velo que pasean por las calles, por el simple hecho de que apenas se veían. En el sur-oeste de Turquía: a veces una se olvida de que se encuentra en Turquía. O al menos, una no se encuentra en esa concepción que de Turquía -equívoca identificación con un país árabe- se tiene. He mirado a mujeres que se pasean entre yates, con sus cuerpecitos y sus caras camufladas por una buena capa de maquillaje y el bótox que infla sus labios.

Son las mujers del bótox en Turquía. Y aunque no resulten tan numerosas ni tan afamadas, en realidad las mujeres, sea de la índole que sean, no ocupan el primer plano en el país, llaman mucho la atención verlas. De hecho, recuerdo que la autora Carla de la Vega, en su libro En el Haren de Estambul, en un intento de representar a la variedad de mujeres que conviven en un país tan grande y tan contradictorio como Turquía, les dedica un capítulo.

Salida desde Izmir: un inserto de bótox de regalo de cumpleaños

En Izmir, una semana antes de emprender nuestro viaje, el mismo día de una boda a la que fuimos, acudió una amiga de una conocida. Acudir a una boda es algo curioso en Turquía: muchas personas, a diferencia de España, acuden de forma espontánea, sin avisar previamente. La amiga de la conocida era una chica majísima y muy guapa: ojos color avellana, la tez morena y bonita, el pelo oscuro, la nariz un poco grande y los labios pomposos.

Los labios me llamaron mucho la atención. Pensé qué guapa era. Hablando con ella, mientras bebíamos algo, no sé cómo, me preguntaron qué me parecían sus labios, a lo que respondí: muy bonitos. Sin saber cómo, añadió agradeciéndome el cumplido -en general la sociedad turca es muy agradecida- que había sido un regalo de su madrastra por su cumpleaños: un inserto de bótox.

Yo no estoy acostumbrada a este tipo de cosas. Y mi cara debió de expresarlo porque sin que mediera palabra por mi parte, me dijo que en Izmir, ciudad pro-europea situada en el sur-oeste de Turquía, era muy común entre las mujeres turcas jóvenes y no tan jóvenes insertarse bótox.

Parada en Didim: La chica del vestido encogido en una discoteca con decoración de Sultán

Las distancias en Turquía son tremendas. Por eso, en la ruta que hicimos en coche por las diferentes ciudades de la costa de Turquía, decidimos hacer un viaje lento, reposado. Hacía mucho calor y queríamos disfrutar. A medias entre Izmir y Bodrum, decidimos parar en Didim. Es una ciudad fea. De hecho, es una de las ciudades en Turquía que no recomiendo visitar.

Pero lo cierto es que era tan fea como ambiente tenía: había muchísima gente. Didim es un destino para el turismo turco que no puede permitirse los precios de Bodrum, nuestra próxima parada. A la noche, anduvimos por el paseo que besa la gran playa de la ciudad. Y cerca de dicho paseo, se encontraba una de las discotecas más famosas de toda Turquía. Al entrar, el interior me impresionó. Era un patio interior abierto, la barra se situaba en el centro, la decoración tenía ese color oro. No sé por qué pero su estética me hizo pensar en los Sultanes que vivían en Turquía.

Un DJ pinchaba música turca al estilo Pioneer, mientras las personas ocupaban las mesas para apoyar sus bebidas y bailaban a su alrededor. A nuestro lado había un grupo de chicos turcos, y una chica muy jovencita con ellos. Me llamó mucho la atención su vestido, corto y ceñido. Pero muy corto. Me llamó la atención porque en Turquía por supuesto que se ven faldas, vestidos… pero por la calle una no imagina hasta qué punto la noche encoge las prendas, sobre todo, en lugares más reservados a quienes no practican -de manera rígida al menos- los preceptos del Islam: no beber alcohol. Los chicos bebían, ella se reía, como cualquier joven del mundo, bailaba y hablaba con ellos.

La Bodrum nocturna: ella muy guapa y él muy feo

Tras nuestro paso por Didim, nos dirigimos a Bodrum. Es una ciudad preciosa durante el día. Me recuerda a los pueblecitos de Andalucía (sur de España). Una ciudad pequeña a orillas de un mar sereno, parece que la hayan barnizado de punta a punta, salvando su anómalo castillo, de blanco. El Mediterráneo personificado en esta gran ciudad que en invierno se vacía por completo para en verano rebosar de turistas turcos – en su gran mayoría- para disfrutar de las playas a su alrededor y de sus bares a la noche.

Es precisamente cómo muta la ciudad durante el día y la noche lo que más llama la atención. Bodrum es una ciudad para disfrutarla de día, y sin embargo, es una ciudad para asombrarse de noche. Mi sensación en la Bodrum nocturna es el de la súper exageración del intento de llevar una vida occidental, del dinero, coches de lujo que no se ven ni en películas del estilo de Fast and Furious, como si la elegancia no fuera tan importante, sino más bien constatar la existencia de un lugar, una ciudad, un estilo de vida en Turquía, concentrado en Bodrum, de que las grandes discotecas, la vida adinerada, la ropa ligera, en ocasiones excesivamente ligera, los tacones de vértido, los kilos de maquillaje y el pelo impoluto, todo ello acompañado de alcohol y un volumen de música en el límite de romper los tímpanos, existe en Turquía.

mujeres con bótox en turquia

Una lámpara gigantesca domina la discoteca. /Bodrum. J.M

Y es verdad: existe en Turquía. En Turquía no solo hay mezquitas, ni mujeres con velo, ni té para beber. Y un líder que espumea en exceso. En Turquía también se bebe alcohol, y no diría que es una minoría la que bebe alcohol. En Turquía también se sale de fiesta y no todas las personas tienen dificultades para llegar a fin de mes.

Esta parte, tal vez más exclusiva, menos accesible si no se conoce el país, existe, y de eso hace gala precisamente la Bodrum nocturna, y en ese cúmulo de circunstancias de súper exageración, las mujeres con bótox bailan, se ríen y se lo pasan muy muy bien. Fuimos para tomar algo y bailar un rato. El ambiente me resultó extraño: era un ambiente de gente adinerada que vive o asimila su vida a Occidente. Aunque en realidad, lejos del mito de Europa, en Occidente muchas personas sobrevivimos como podemos a la pobreza.

Conseguimos hacernos un hueco entre la multitud. Mientras bebíamos y bailábamos, me llamó mucho la atención hasta qué punto los asistentes estaban vestidos de gala. Al lado mío, una pareja ocupaba una de las mesas típicas de los bares al aire libre en Turquía. Ella era una mujer rubia, alta, delgada, muy guapa, impoluto, el maquillaje clavado, la ropa ceñida, y sus uñas, sus uñas mientras entre sus manos sujetaba un móvil con el que escribía. Recuerdo que al lado de sus tacones de vértigo, había apoyado una bolsa de una marca muy cara de ropa en el suelo.

A su lado, el que parecía era su pareja, me llamó más aún la atención. Bebía un vaso de whisky, tenía mucha tripa, era feo, y vestía con mucho glamour. Me pregunté entonces qué hacía una mujer tan guapa con un hombre tan feo.

Perdóname la indiscreción, la frialdad de la pregunta, pero lo hice, me lo pregunté. Aquello cantaba por sí solo.

Una se pregunta, después de muchos detalles que observa a lo largo del viaje, en una estancia larga en Turuqía, sin intención de juzgar, solo preguntar, sobre esa exageración de cánones de belleza volcados en un segmento de las mujeres turcas que parecen querer vivir la vida a lo Occidental. Mientras nosotras miramos y preguntamos sobre las mujeres con velo. No digo que no haya que hacerlo. Pero tal vez, mirando a las mujeres con bótox de Turquía, cabría preguntarse sobre nuestra propia forma de vida en Occidente.

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