Memoria sensorial

16 octubre de 2011 por Josune Murgoitio

el cementerio de trenes expone unas vías que incitan a seguir hasta el infinito

Vías hacia el infinito en el cementerio de trenes/ Bolivia. J.M

¿Qué os evoca esta fotografía? ¿En qué pensáis cuando os centráis en los carriles y seguís hasta el infinito? ¿Y la basura a cada extremo? ¿Esa sombra con forma de figura? 

¿El cielo protector y las montañas traseras?
Me recuerdo frente a estos dos raíles, en un cementerio de trenes en las cercanías del salar de Uyuni (Bolivia), el sitio más espectacular que he visto en mi vida. Mis dos ‘compañeras de aventuras’ se quedaron cerca del Jeep junto con el conductor. Hacía un poco de frío y a punto de atardecer, decidí caminar entre los trenes abandonados para escuchar lo que aquel sitio me decía.  
Vestía una mayas rojas que me costaron dos euros en el rastro de Madrid, una camiseta cuyo color he olvidado, el North Face que compré con mi sueldo del Diario Vasco, zapatillas Salomon que no hacían más que atentar contra mi feminidad y un bolso que me colgaba del hombro. Bastante feo, por cierto, pero muy práctico; disimulaba mi cámara. Por aquel entonces mi flequillo era cortito,cortito y estaba muy despeinada.
Paseé por los alrededor durante un buen rato, no sé exactamente cuánto, tal vez, veinte minutos. Se escuchaba la conversación que mantenían a los lejos mis ‘compañeras de aventuras’ y el conductor, lo demás, silencio en estado puro. Me acerqué a los vagones. Sentía el polvo en la cara y el tacto del acero. Miré al cielo, pensé en su inmensidad, las montañas a los lejos resguardándolo, y esos pobres trenes, abandonados, allí, ignorados por todos, privados de su única utilidad, así que fotografíe, apoyada en una especie de esquemas de hierro, subida en uno de los vagones… 
En medio de la nada, sin ningún tipo de preocupaciones, sin que nadie supiese dónde estaba, junto a mis compañeras, cámara en mano, escasos conocimientos de fotografía y ansías por descubrir…
El 16 de octubre de 2010 Josune Murgoitio se embarca en un vuelo rumbo a Santa Cruz de la Sierra (Bolivia).  Inspirado en un ejercicio de memoria sensorial, el texto ha sido recreado como uno de los grandes momentos de su estancia en el país. Por su puesto, también recuerda con una gran sonrisa otros lugares, sensaciones y personas, incluso la ropa que llevaba en otras escenas.
En especial, recuerda muy frecuentemente la sonrisa de un gran niño, entre otros muchos que también conoció, pero, sobre todo, la de él, Franco, al que se refiere en muchos de sus relatos. Porque aquel niño le enseñó una de las grandes lecciones de la humanidad: la humildad. Además de instruirle en el juego de las bolillas (canicas), demostrarle lo inteligente que era por realizar tan rápido su tarea y compartir con ella su necesidad de afecto. Aún, cuando piensa en él y telefonea a Bolivia para preguntar si continúa viviendo en su ‘domicilio’, los ojos se humedecen, pero sonríe con mucha fuerza para probar si él siente desde el otro lado del charco la confianza que la muchacha le envía para que sea la persona más feliz del mundo.
Franco en la guardería /Bolivia. J.M
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