La sinrazón de la violencia

5 febrero de 2013 por Josune Murgoitio

“Eres una bomba andante. Si pegas a la mujer que más quieres, no te va a perdonar. Tienes que aprender a reaccionar”, afirma Manuel, nombre falso de un madrileño de 40 años. No quiere que su entorno descubra que comenzó a participar en el programa Cupid que se desarrolla en el Centro de Inserción Social Victoria Kent de Madrid, una cárcel de tercer grado penitenciario, que se dirige a la rehabilitación y reinserción de penados por violencia de género en situación de suspensión de condena. “La agresividad solo te lleva a cometer un acto violento. Es cuestión de tiempo”, añade.

Centro de tercer grado penitenciario Victoria Kent

Centro de Inserción Social Victoria Kent/ Madrid. J.M

A diferencia del resto de sus compañeros del grupo terapéutico, Manuel acude “de forma voluntaria por un problema de carácter”, explica. Intentó solucionarlo con un psicólogo particular. No funcionó. Después, por consejo de un amigo, buscó serenidad en la Iglesia. Pero un día, a la salida de misa, cuando conducía su coche, un taxista realizó una maniobra inadecuada, empezaron a  insultarse y Manuel acabó escupiéndole en la cara. “Él se acojonó, puso cara de loco”, confiesa, “después me pregunté qué había hecho, salgo de misa con una paz absoluta y escupo a una persona”.

“No estoy condenado y en la vida pondré la mano encima a una mujer”, aclara rápidamente. Ojos saltones y tez morena, sin pelo en el cabeza, alto y de complexión fuerte, mueve nerviosamente las manos y mira directamente a los ojos. “Cuando me tocan las narices recurro al insulto, me doy cuenta de que no hago bien, pero ya es tarde”, admite.

“Se recurre a la violencia de género por tener un carácter violento”

Manuel se sintió identificado cuando escuchó, en un programa de radio, las palabras que pronunció Susana Díaz Huamán, presidenta y fundadora de la Asociación Cupif, que bajo el lema “Con Un Pie Fuera”, desarrolla tratamientos terapéuticos dirigidos a la reinserción y rehabilitación en el interior de cárceles españolas como Aranjuez o Soto del Real desde el año 1995. Manuel compartió en antena su problema de agresividad y, sin estar condenado, fue aceptado en el programa Cupid, enmarcado dentro de la Asociación Cupif pero “Con Un Pie Dentro”, es decir, con función terapéutica en el exterior de la prisión, que comenzó a funcionar cuando aparecieron los primeros penados con la entrada en vigor de la Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género en 2005.

los agresores de la violencia de género deben someterse a un programa de reinserción

Imagen cedida por la Asociación Cupif.

“Mi mujer se asustó cuando le dije que iba a ir a un centro penitenciario de tercer grado”, afirma Manuel. “Me preguntó si iba a estar con gente que pega a su mujer y le expliqué que son personas, tienen sus problemas y tenemos en común que cometemos actos violentos”, explica. Recibir tratamiento en Cupid forma parte de una de las medidas que el Juez impone una vez determina la suspensión de la condena por violencia de género. En caso de que el condenado no cumpla las medidas dictadas por el Juez, entre ellas, la realización del programa terapéutico, entrará en prisión.  “Deben acudir obligatoriamente durante un periodo de nueve meses”, explica María Socorro Gómez, psicóloga coordinadora desde hace tres años, “es ahí donde el programa cobra sentido desde Instituciones Penitenciarias”.

María Socorro forma y distribuye a un total de 80 psicólogos voluntarios que dirigen las sesiones, coordina el programa con los Servicios Sociales penitenciarios. Instituciones Penitenciarias destina 5.000 euros anuales. “Los socios pagamos una cuota para gastos de asociación, los seguros de los voluntarios, materiales y gasolina para ir a las cárceles”, remarca la coordinadora en alusión a la escasez de medios económicos.

 

Voluntarios intervienen en la rehabilitación y reinserción de condenados por violencia de género

Monitores que participan en la Asociación/ Imagen cedida.

“Me miré al espejo y me vi como él”

“Para pegar a una mujer o lo has vivido en tu familia o lo has visto como algo normal, yo a veces digo insultos que le he oído a mi padre, si le hubiese visto pegar a mi madre puede que yo hiciese lo mismo”, opina Manuel, “reconozco que si eres capaz de pegar a una mujer o a tu hijo es porque tienes un carácter agresivo”. Aborrece que su mujer le reproche parecerse a su padre. Después de “23 años de convivencia sabemos dónde hacernos daños”, aunque en este caso ella tiene razón, declara con una mueca de desprecio y tristeza. “Me miré al espejo y me vi como él”, admite. Un hombre de “muy mal genio”, que “ha maltratado psicológicamente a mi madre”. Relata, a continuación, cómo en más de una ocasión, “la he visto desmayarse en casa de mis abuelos por las discusiones que tenía con él, no sabe afrontar los problemas, llora y llora”. Rememora una infancia infeliz plagada de palizas y acoso escolar hasta que estudió boxeo. “Me desarrollé, me puse fuerte y dije, ahora no se va meter conmigo ni Dios”, afirma con orgullo.

La criminóloga Ofelia Lema

La criminóloga Ofelia Lema

“El maltrato doméstico se produce mediante un maltrato psicológico previo al físico”, informa Ofelia Lema, criminóloga especializada en violencia de género. “Sin duda, un ítem influyente es haber vivido una infancia violenta, en la infancia se aprende lo bueno y lo malo”, inclusive, el “utilizar la violencia por ser víctima y sufrirla o como testigo de malos tratos infringidos a otra persona”, indica.

“Siempre he querido en el amor para toda la vida, la media naranja, lo más bonito de este mundo”, afirma Manuel. La sonrisa se desvanece cuando recuerda lo mucho que sufrió después de que una chica a la que amaba le dejó. Después, conoció a su mujer, aunque no fue un flechazo, y todo marchaba bien “hasta que llegan los problemas, los hijos, pierdes el pelo, te vuelves más gordito…”, declara.

“El mito del amor romántico tiene importantes componentes que puede desembocar en la violencia de género”, explica María Socorro. Hace referencia a un ideal de amor donde ambos integrantes se fusionan  para la eternidad.  “No es que sean dos enamorados que les sale mal, sino que uno de ellos recurre al abuso y al poder de la relación emocional, con maltrato psicológico, sexual y económico que llega en ocasiones a la violencia física”, indica la psicóloga.

Un problema que, según su experiencia, atañe también a la mujer, “no ve las señales que le indican: cuidado. Es celoso, posesivo, en el fondo es un inseguro y tiene la autoestima hecha polvo, chupa de tu energía y cuando te descentres de la posición donde él ha querido colocarte, puede que empiece el maltrato”.  Por su parte, Ofelia Lema afirma que se trata del “ideal de relación que la mujer esgrime como génesis de su matrimonio” y que constituye “un pegamento que la mantiene unida al agresor”, creyendo que “mediante su esfuerzo y dedicación conseguirá su aceptación”.

“Eres mi hombre perfecto, si no fuera por tu carácter”, Manuel reproduce las palabras de su mujer, “si me supieras hablar” o “si no te pusieras como te pones no discutiríamos en la vida”. La describe como una “mujer pasiva” a la “he llegado a insultar, pero ella también a mí”, remarca. “Le cuesta recoger las cosas, cuando acabamos de comer es capaz de dejarlo para las cinco de la tarde, mi madre recogía inmediatamente la cocina”, indica molesto.

En la educación de los hijos, recalca también la pasividad de ella, aunque él reconoce ser “un poco agresivo”. “Veo a mis hijos saltando en el sofá y empiezo a insultar”, admite. Un día tuvo que quedarse a cargo de los niños, tenía que bañarlos, pero “se reían de mí, me vacilaban, les regañaba pero continuaban riéndose de mí, les agarraba del brazo, les gritaba y les castigaba, pero se escapaban”, declara nervioso, “cuando metían la cabeza en el agua y se quitaban la mascarilla, les decía; os mato”.

Impacto negativo de la crisis

“La crisis alimenta la inestabilidad en la economía doméstica de cada familia, la falta de empleo, la escasez de recursos, el desamparo social y la baja tolerancia a la frustración crispan más a los sujetos protagonistas de la violencia de género”, afirma Lema. “Un hombre, joven y en paro” sería el retrato robot del perfil del agresor que dibujaría la criminóloga,  aunque puntualiza que existe en todas las edades y todos los estatus económicos, que además sería  “antisocial, paranóico, impulsivo, con baja tolerancia a la frustración, sentimiento de inferioridad, infancia violenta, con estrés crónico y episodios de consumo de alcohol y drogas”.

“Tú no eres tu padre porque tú vienes aquí”. Manuel reproduce aliviado las palabras de uno de sus compañeros del grupo. “Soy el único que me responsabilizo y reconozco que soy agresivo, todos los demás están por errores de los demás”, admite el paciente refiriéndose al comportamiento del resto que, según él, comentan: “yo a mi mujer no le hice nada”, “no la empujé” o “al día siguiente aparece con la cara hinchada”.

La terapia grupal es esencial porque el penado comienza a percibir en sus compañeros lo que no ve en sí mismo y las sesiones individuales son necesarias para tratar conflictos más personales. “Tienen un nivel de dependencia emocional y distorsiones cognitivas hacia la mujer, creen que ella tiene la culpa de todo, incluso de que la peguen, si es que le pega, porque podría evitarlo haciendo, lo que debe hacer, pero no quiere y le provoca”, describe María Socorro refiriéndose, en su opinión, a un perfil psicológico indeterminado del maltratador. Distorsiones respecto de la mujer que también se dan en la naturaleza y uso de la violencia, añadido a “un déficit de control de impulsos, que es selectivo porque la mayoría no son agresivos fuera de casa, sino gente muy adaptada y normal”, explica Socorro.

La psicóloga lamenta que no se entienda que “desde el punto de vista clínico se fomente la autoestima” del penado, pero “si no trabajo con él, en su inseguridad práctica y emocional, sigue siendo una bestia, porque interpreta como una provocación externa lo que es un problema interno suyo y reacciona violentamente”, afirma la psicóloga.

Lograr un cambio de perspectiva

Al principio creen que no han hecho nada, minimizan el delito y las culpabilizan a ellas. Después reaccionan, se percibe un cambio progresivo porque logras un cambio de perspectiva”, indica Socorro. Aunque nueve meses de terapia no alcancen para realizar una intervención profunda a nivel de contenidos emocionales en los penados, se asientan las bases para un cambio de perspectiva que pueda prevenir futuras conductas que desemboquen en violencia de género. La Asociación Cupif invierte todos sus esfuerzos en minimizar el número de futuras víctimas interviniendo con los agresores. La criminóloga Ofelia Lema cree que la prevención y la educación son determinantes para erradicar este fenómeno, así como fomentar la discriminación positiva hacia la mujer e implementar la igualdad en la sociedad.

Manuel se siente orgulloso de controlar “muchísimo más la violencia” desde que acude a Cupid. En su opinión, “lo bueno sería que antes de una sentencia hubiese una prevención en el carácter agresivo de las personas”, de forma que neutralizado el carácter agresivo, pudiese eliminarse la violencia, porque, según él, “la violencia no debe utilizarse para nada en este mundo. Ese es mi pensamiento y quiero que sea mi actitud”.

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