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Mis viajes a Turquía comienzan a ser habituales. Y eso me gusta. Mi última estancia: Un total de 13 días, rodeada las 24 horas de turcos muy simpáticos.

Bandera turca que puede avistarse en cualquier rincón del país.

Bandera turca en el Gran Bazar/ Istanbul. Selcuk Senyurt

Las Vegas II es un nombre que rinde homenaje a la ciudad.

El perfil de las fábricas en la lejanía del atardecer/ Aliaga. J.M

A diferencia de Istanbul, urbe de vida caótica y símbolo de libertad para muchas de los turcos que he conocido, la vida en Izmir es tranquila y sin grandes sobresaltos. Una ciudad de tres millones de habitantes que se divide en muchos barrios, entre ellos Aliaga, situada a 60 kilómetros del centro de Izmir y muy conocida por su industria. Las Vegas II; el impacto de las luces de las fábricas construidas a orillas del mar es espectacular.

Aliaga es una mini ciudad de unos 60.000 habitantes. Huele a  humildad. Y las calles son muy turcas. Un bloque de casas puede estar perfectamente construido al lado de una parcela llena de escombros. Apenas hay pintadas en sus paredes. Los coches circulan en un caos organizado; tiene prioridad el que accede a la glorieta y no el que se encuentra dentro de ella. Y los habitantes no pueden bañarse en la playa de su mini ciudad; el agua está sucia por las fábricas. Cuando oscurece, nadie pasea por sus calles y algunas de las mezquitas parecen discotecas, tienen luces que brillan en los extremos que componen sus estructuras preciosas. Y la sensación de seguridad es absoluta.

Todos los jóvenes que he conocido coinciden en que quieren vivir en Istanbul: hay más oportunidades de trabajo y se cobra más por el mismo trabajo que desarrollarían en Izmir.

Percibo que Turquía es un país emergente; muchos edificios en construcción, muchísima industria que, tuve la sensación, descuida la protección del medio ambiente, y mucho movimiento de dinero (la lira).

La vida familiar en Turquía

Sorprende la cantidad de veces que se reúnen padres, hermanos, tíos y primos alrededor de una mesa para conversar y tomar té. Se es consciente entonces de hasta qué punto se ha perdido la unidad familiar en España. En mi primer viaje a Istanbul, conocí a Murat, un músico muy simpático, de unos 40 años. Le pregunté, tras varias cervezas, si no se sentía solo en una ciudad tan grande, a pesar de que Istanbul sea una de las urbes más bonitas que he haya visto nunca. Tiene esa esencia de calles que Madrid ha perdido, además de la mezcla de culturas alucinante que puede sentirse al recorrer sus calles. Me contestó que sí, echaba de menos a su familia. Yo me quedé sorprendida. A los 40 años echar de menos a la familia me suena extraño. Me refiero a la familia de padres, tíos, primos… Pero, después, compartiendo la unidad familiar en la que nacen y se crían, lo comprendí; verdaderamente, debía de echar mucho de menos a su familia.

Trabajan con la familia. También es muy común. Yo explico que en España, teóricamente por lo menos, suele distinguirse entre familia, amistad, trabajo, ocio, amor y diversión. Me miran extrañados, como si fuera imposible separarlos.

Controles policiales en las carreteras de Turquía

Polizia, policía, police, die Polizei and polis/ Istanbul. J.M

El símbolo del partido político de Erdogan es curioso

Partido político de Erdogan/ Carretera indeterminada. J.M

No cuestionar es otra de las cosas que me llaman la atención. La policía para cada dos por tres en controles rutinarios en las carreteras o a la entrada de centros comerciales en Istanbul. Les pregunto si es normal que haya tanto control. Me dicen que sí, por la existencia del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), es peligroso y cometen atentados.

Asumen el legado de la vida con mucha tranquilidad. A veces incluso me estresa, ya sea para tomar un té, fumar un cigarrillo,  buscar un trabajo o solicitar un visado, con el peligro de que pierdan el vuelo comprado al país del destino, generalmente, la Unión Europea.

Quieren formar parte de la Unión Europea

Es algo también muy común. La identifican con la libertad. Los turcos que conozco son ateos y se quejan de que la religión ejerce mucha presión. Lo descubrí en el metro de Izmir; allí aprendí que no puede besarse en los labios. Se corre el riesgo de molestar a alguna de las personas que sí es religiosa y recibir una reprimenda. Pienso entonces en cuál es el sentido del espacio público, respetando por supuesto sus propias normas y códigos. El sentido debiera ser la neutralidad y la propia libertad. No la presión social, tal y como ellos admiten.

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Me recuerdan lo afortunada que soy de formar parte de la Unión Europea. Yo asiento y agacho un poco la cabeza. Si alguien me viese en España reafirmándolo, recibiría un tortazo. En España a nadie le gusta la Unión Europea, o por lo menos, así lo percibo yo. Nadie cree en ella, ni en lo que nos ha apartado y fácilmente se olvida, que sin ella, no hubiésemos llegado ni a la mitad del progreso actual.Y no es que no sea criticable, ni mejorable, ni que esté de acuerdo en la actitud de Alemania. Creo que es un problema esencialmente de España. La corrupción diaria me recuerda a Bolivia. La misma corrupción que provoca arcadas.

Yo puedo viajar a Turquía con un solo sello en el pasaporte y los veo a ellos, solicitando un visado de turismo para entrar en la Unión Europea. Siento náuseas también. Me apena que las fronteras geográficas impidan que las personas conozcan. Conocer es tan importante… conocer mundo, experimentar, hablar con otros, acceder a su cultura. Es entonces cuando cuestionamos.

Un amigo me mostró la documentación que tuvo que presentar para poder volar 10 días a Niza:

  • fotocopia del contrato de trabajo
  • formulario en el que se indique motivo de viaje
  • fotocopia de los movimientos en el banco que acrediten solvencia
  • fotocopia compulsada de su pasaporte y del de su jefe, en este caso su padre,
  • fotocopia de la nómina de los últimos cuatro meses
  • resguardo de hotel donde se hospedará durante el viaje

Paciencia y esperanza. La paciencia de saber, si tres días antes del vuelo, podrá viajar durante 10 días a uno de los países de la Unión Europea.  Me dicen que para viajar a Ucrania, Rusia o incluso los Estados Unidos no tienen problemas.

Estamos construyendo una auténtica cárcel europea, pienso yo.

Para ellos también lo es su país; no les gusta el gobierno conservador de Erdogan ni tampoco el PKK. Salir a trabajar a otro país es difícil y costoso. Pero están tranquilos y son felices. Continúan con sus sonrisas, su amabilidad innata y sus tés a punto de abrasar cualquier lengua que se atreva a degustarlo nada más ser servido.

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