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Indignación, miedo y desconfianza. Esa es la sensación generalizada que impera en Mondragón (Gipuzkoa), localidad en la que se creó, se desarrolló y cerró, 16 de octubre, la cooperativa Fagor Electródomesticos y con ello el simbolismo del ideal del sistema cooperativista en el que se cimentó primero esta fábrica, después el Grupo Mondragón. Un total de 1800 trabajadores necesitan informarse sobre la situación laboral y personal en la que quedarán: qué ocurre con el capital que tuvieron que aportar para ser socios, quién va a pagar la deuda, qué ocurre también con los que tienen capital en forma de beneficios que aun no han percibido y la posibilidad de ser reubicados en los dos próximos años en otras cooperativas del Grupo MCC del que Fagor forma parte.

Desde hace unos días los medios alertaban sobre la necesidad de rescate de Fagor y cifraban la cuantía necesaria en 70 millones de euros. Leo otros medios y la cuantía ha variado: 120 millones euros. Desde hace unas tres semanas se rumoreaba en las calles de Mondragón que la fábrica iba a cerrar por la negativa del Grupo Mondragón y el banco cooperativista Caja Laboral de rescatarlos una vez más. Pérdidas astronómicas en los últimos tiempos por el impacto de la crisis económica y la “mala gestión” de los “de arriba”, se comentaba en las calles y en las casas de los de los socios. Ya le escuché decir a una ciudadana “Fagor y Eroski nos van a arrastrar al resto de cooperativas” en un tono de indignación. Se plantea ahora también el problema de las preferentes de Eroski, cooperativa que no va por buen camino y cuyo futuro también se ensombrece por la entrada de Mercadona en Euskadi.

Signo de Fagor en Turquía

Signo de Fagor en una furgoneta en Turquía donde lidera su principal competidor Bosch/ Marmaris. Senyurt

Resulta impactante que una fábrica y empresa como Fagor, proyección internacional y una clara marca de honestidad, solidaridad laboral, eficacia y protección del medio ambiente de cara al exterior, haya cerrado. Pertenecen a la historia de la fábrica todos los  premios a la “audacia” o a la innovación que ha ganado, convirtiéndose en un claro ejemplo de estudio en universidades en Madrid o en Estados Unidos, por poner ejemplos. Incluso me encontré con que, entrevistando a Abdullah Demirbas en Diyarbakir (este Turquía), fue él quién concluyó la entrevista preguntándome sobre los principios rectores de la cooperativa y pidiéndome ayuda para que les pusiera en contacto y pudieran conocer más de cerca el ideal del sistema cooperativista.

Un ideal que implica la lucha de trabajadores, la lucha por los derechos de la mujer, el desarrollo del euskera también, la solidaridad laboral, el que el trabajador sea partícipe de la empresa y trabaje en condiciones dignas. Un ideal que supuestamente debería ser lo opuesto a lo que el capitalismo nos demuestra cada día: el egoísmo, el no mirar por los demás, aplastar al de abajo, no importar en qué condiciones de vida trabaje. Un ideal que ha  caído con el tiempo no solo por el impacto de la crisis económica y la supuesta gestión eficaz o no de altos directivos, aunque a ellos no les guste que se les llame así, sino por el comportamiento generalizado de los trabajadores, salvando excepciones, esa es al menos una opinión muy extendida en la localidad y me veo obligada a publicar por el espíritu de esta web. .

Muchos socios argumentan la ineficacia de las medidas adoptadas por la fábrica para hacer frente a las pérdidas que venían sufriendo: prejubilaciones, renuncia a beneficios, bajada de sueldos, algunos días de la semana a casa y reubicación de los trabajadores en otras cooperativas del Grupo Mondragón. Medidas que ciertamente querían evitar lo que en un entorno capitalista se producía: el despido directo. Según ellos, el problema también deriva en la abalancha de puestos de trabajadores indirectos (se les denomina así los que no producen directamente) y los altos sueldos de los directivos. Ya en la última reunión seria que tuvieron en Mondragón la mayoría de los socios salieron muy cabreados por la gestión ineficaz y el engaño al que los sometían. Muchos otros socios alertan también sobre la ineficacia laboral de los intermediarios entre trabajador y altos directivos, inflándose de euros sin hacer nada.

Interior fábrica Copreci

Interior cooperativa Coprecia que forma parte del Grupo Mondragón en una jornada de puertas abiertas con motivo de su aniversario/ Aretxabaleta. J.M

Tres generaciones de trabajadores

Recuerdo a mi abuelo trabajando en Fagor Electrodomésticos, muchos como él, vinieron desde Galicia, Extremadura y Andalucía para trabajar en las fábricas. Trabajaban muchísimas horas por un suelo ínfimo y poco a poco tejieron la lucha de los trabajadores; un sueldo digno, condiciones laborales dignas. Un día fuimos a visitar a mi abuelo a la fábrica, mi madre también trabajaba allí porque los hijos de los cooperativistas tenían preferencia (la normativa cambió hace poco), recuerdo el barullo de la fábrica, la suciedad y una gran herida que mi abuelo tenía en la pierna. Pero él continuaba trabajando. Había comenzado en Fagor con ilusión, aunque se quejaba de los “intermediarios” de que cobraban mucho por no hacer nada, y hasta que no se mudó a Mondragón venía todos los días en bicicleta desde Elgoibar.

Recuerdo a mi madre trabajando durante muchísimos años en Fagor Electrodomésticos, hasta que dada la decadencia en la que comenzó a entrar la fábrica, optó por elegir su reubicación en otra fábrica,se convirtió entonces, según lo denominan, en un “trabajador cedido”.

Los hijos de la generación de mi madre hemos crecido en un ambiente cooperativista. Hemos ido, muchos de nosotros, a ikastolas, cooperativas también, y nos hemos desarrollado en un ambiente de necesaria humildad y solidaridad con el contiguo, a pesar de la situación de conflicto armado que también hemos vivido. No sé en qué punto de la historia algo cambió. Las nuevas generaciones, me refiero a las de mi edad, un poco mayores un poco menores, entraron con otro ideal, es también una opinión muy extendida que quiero publicar, aunque me dé un poco de reparo. Muchos jóvenes hemos crecido también con la presión de estudiar ingeniería y acabar trabajando en la cooperativa: un sueldo fijo, una casa fija, y una pareja fija. Un concepto en sí mismo muy capitalista, en contraposición con el ideal comunista o socialista con el que la cooperativa se fundó. Y muchos jóvenes accedieron, a través del “privilegio” de ser hijos de socios, a la cooperativa por ese sueldo fijo, esa vida estable.  Se entró entonces en un círculo de comodidad y confianza laboral, con menos esfuerzo por parte del trabajador, no digo todos, que ha acabado derrumbándose. Una comodidad y confianza, me refiero, a la hora de implicarse en la fábrica, cómo trabajar, cuándo coger bajas, conductas reprochables dentro de la fábrica.

Fagor no solo es Fagor. Fagor no solo es un ideal laboral y personal. Fagor ha dado mucho dinero al desarrollo del euskera y ha propiciado también la formación de sus trabajadores, flexibilizando los horarios para que quienes quisieran pudieran estudiar un máster o algún curso que requiriese horas. Fagor también es gestionar el calendario laboral y tener días festivos.

Fagor constituye sobre todo las miles de familias que han vivido y viven gracias a ella. Todas las empresas que giran a su alrededor, el tejido del que forma parte. Cierta repercusión negativa tiene que tener. En Mondragón por ejemplo la compra de una casa supone una cifra astronómica, no puede ser así, hablando con claridad una mierda de pueblo donde la vida es excesivamente cara, como si estuviéramos en San Sebastián, y muchos ciudadanos en el centro se pasean como marqueses: las tiendas, el trato, el aire que se respira. Con ello no quiero decir que no haya personas simpáticas y humildes. En contraposición por ejemplo con Aretxabaleta, su localidad vecina, donde se respira un ambiente más humano y cercano. Fagor también tuvo su influencia respecto de las empresas que no eran cooperativas y tenían que competir en el mercado, por las condiciones laborales de Fagor que debían extrapolarlas también a sus ámbitos empresariales: días festivos, amoldar los sueldos de sus propios trabajadores para adecuarlos a los sueldos vertiginosos que durante muchos años se cobraron en Fagor.

Me escriben ya desde Madrid para preguntarme cómo ha podido suceder algo así, y yo creo que ha sido un conjunto de todo. Aprendamos por favor en qué estamos cayendo, ha caído uno de los símbolos que nuestros antepasados crearon en un ideal que debía de haber sido preservado pero que poco a poco se ha corrompido por los de arriba, en parte también por los de abajo, por los de todos los lados. Todo un icono de lucha social, laboral y de género que ahora cierra sus puertas en un concurso de acreedores cuya liquidez corresponderá al juez decidir de forma ordenada. Un montón de papeles que se llevan dignidad, sueldos y nivel de vida.

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