Descender escaleras en ascenso

7 enero de 2013 por Josune Murgoitio
Brave Readers os da la bienvenida al nuevo año

Bienvenidos al nuevo año/ Istanbul. J.M

La entrada del metro de Taksim. Es el nombre del barrio que más me gusta de Istanbul. Una ciudad verdaderamente mágica, desprende algo especial, el ambiente brilla por sí mismo. Es una locura de urbe; los coches no respetan las normas de circulación, pero apenas se ven accidentes; los transeúntes pasean a sus anchas, sin respetar tampoco las normas de circulación, pero no se ven accidentes de personas paseando por los extremos de las carreteras. Un caos organizado, pienso yo, 17 millones de habitantes comiendo a todas horas, llegando tarde al trabajo, recogiéndose en un café para saborear el tradicional té. En eso consiste Istanbul, intuyo, es una mezcla inusual de modernidad de nuevas construcciones y la tradición de costumbres admirables.

Una torre que concentra a muchas personas en verano.

La torre de Galata luce preciosa en Taksim/ Istanbul. J.M

Un barrio que mezcla modernidad con tradición.

Música y transeúntes en Taksim/ Istanbul. J.M

 

EExpresión urbana en Taksim.

Las pintadas en las paredes de este barrio me recuerdan a Alemania/ Istanbul. J.M

“It´s the place of freedom”, me dijeron. Aprendí que en el metro de Istanbul puede besarse en los labios, sin miedo a recibir una reprimenda. En el interior del metro de Taksim, unos pasos más allá de la entrada, se sitúan, como en todos los metros,  las escaleras metálicas que suben y bajan para alcanzar el andén del tren. Recordé las escaleras de Praga; aquella inclinación tan impactante, acababan tan allá…. a lo lejos… muy a lo lejos… nunca me habían impresionado tanto las escaleras metálicas de un metro como el de Praga, ni siquiera las de la parada de Tribunal en Madrid, esa parada odiosamente hueca, que baja y baja hasta las profundidades del suelo…

Nos colocamos ante las escaleras metálicas. Imaginé cuánto tuvieron que escarbar para poder construir el andén del metro. Debíamos descender un primer tramo de escaleras metálicas, bastante infinito, y tras un descansillo, otro más.  Al chico de los ojos verdes se le ocurrió que podíamos bajar por el sentido contrario. Me invitó,  apretándome la mano y mirándome. Sus ojos son preciosos, algo achinados, no en exceso, con pestañas gruesas, tampoco en exceso, y con el sol… el verde adquiere matices dorados, como si almacenasen la mayor de las intensidades, en todos los colores, no solo la verde o la dorada, que contrasta con su piel morena y su barba algo descuidada.

Rehusé la invitación. Tuve miedo. No quería caerme. Me sorprendí de mí misma. De pequeñita, cuando mis padres me llevaban a un centro comercial, pasaba las horas subiendo y bajando las escaleras automáticas, hacia arriba y hacia abajo, en la dirección adecuada y la contraria, pero sobre todo, la contraria, porque me parecía más divertida.

Descendimos por el primer tramo de las escaleras. Llegamos al descansillo. Volvió a mirarme a los ojos y apretó nuevamente mi mano. A pesar de ser una ciudad tan bulliciosa, curiosamente, nadie subía por las escaleras ascendentes. Pensé en sus ojos y en la calidez de las manos. Nos acercamos hasta el extremo de las escaleras que funcionan en sentido contrario a la dirección adecuada y descendimos.

Escuché su risa, la mía, parecía más relajado, yo miraba los extremos de las escaleras, pero sentía que me miraba, por si me caía y debía sujetarme. Me concentré al máximo en los extremos de la escalera metálica, no quería pisarlos y caerme, pero sentía su mano y el plástico negro a modo de barandilla. Y de repente dejé de lado el extremo absurdo de la escalera metálica, dejé de pensar en caerme, me concentré en la nada, dejé de prestar atención a mi alrededor, dejó de importarme si alguien se dirigía en su dirección adecuada, y aunque  el entorno se moviera de forma algo confusa, sentí que avanzaba ligeramente.

Dimos un pequeño salto. Llegamos hasta el borde opuesto. Y chocamos la mano.

La escucha de la pulsión aporta felicidad

La importancia de escuchar/ Istanbul. J.M

A veces sucede. Se tiene la sensación de que descendiendo en sentido contrario a la dirección adecuada no se avanza. Es mentira. Se avanza. Tal vez, algo más despacio. Tal vez, de forma menos clara. Lo importante es la pulsión de dirigirse en ese sentido. La pulsión es enfermizamente maravillosa. Te obliga a pesar de los otros. Te obliga a ti. Cuál es el sentido real de la dirección tomada. Por qué no vas a hacerlo. Quién es ese alguien para decirte que no debes hacerlo. Te obliga a tener confianza en manos que sujetan y ojos que alientan. Cerrar los oídos hacia afuera y abrirlos hacia dentro. Vencer. Vencer el miedo primerizo a sentirse en el sentido contrario de la dirección adecuada. Tener la paciencia de alcanzar la meta deseada.

La escucha de esa pulsión es lo que Brave Readers y Josune Murgoitio desean para ti durante todo este año. Ni felicidad, ni amor, ni salud, ni noches alcohólicas… es la escucha de esa pulsión lo que nos hace verdaderamente humanos, o por lo menos, en eso creen tanto la web como su autora.

 

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8 respuestas a “Descender escaleras en ascenso”

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