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“Er sieht uns durch der Fenster”
/ frase encontrada en la libreta de mi padre

Llevaba tiempo queriendo escribir  un artículo para anunciar al mundo entero que entraba en fase de corrección de mi novela. Escribí FIN en el manuscrito provisional hará tres semanas, antes de que me fuera de viaje a Turquía para descansar y desconectar. Volví, contenta de amor, y con ilusión. Imprimí el manuscrito provisional y lloré por el esfuerzo de dos años; por cada mañana de agonía y por el placer de ver que el proyecto más importante de mi vida, en el que he invertido toda mi fuerza, íntimamente ligado a mi personalidad y mi vida, crecía y lo hacía en dirección adecuada.

La cruz como símbolo de paz

En el día de los Difuntos en Bolivia/ Santa Cruz de la Sierra. J.M

Un día después de imprimir el manuscrito, el pasado 10 de enero de 2013, mi padre, Jesús María Murgoitio Esturo, hombre de buen corazón y rostro risueño, murió repentinamente. No sufrió. Y eso alivia. Una llamada telefónica puede paralizar el mundo entero y producir verdadero dolor. Es entonces cuando se descubre qué es el silencio, computado en la eternidad del tick-tack y en la lejanía de las miradas perdidas, se siente la continuidad de los cigarrillos en la mano y se comprueba la confusión del momento, es imposible atender.

Mi padre nació en el seno de una familia tradicional, de conceptos identitarios limitados, de ansia de los demás, de amor entre ellos y de aceptación o exclusión de nuevos. En la guerra del 48, decía él. Después nos enteramos de que no había guerra del 48, aunque un amigo cercano suyo me dijo que sucedió la de Israel. Yo nací en el seno de dos familias. Una de ellas, inmigrante y obrera, humilde y vulgar. La otra, de vida artificialmente marquesa, fuertemente política, nacionalista y vasca, y valores religiosos. Se nace en un estado de contrariedad que culmina en una crisis de identidad a la que hay que hacer frente, acrencetado además por el ambiente opresivo de Mondragón. Es un bueno motivo para escribir una novela. Se nace sin saber por qué existe divisiones entre las personas. Ése es otro buen motivo para escribir una novela. Se nace escribiendo, entre libros y música clásica para amortiguar ese estado de contrariedad interno y sentimiento de “fuera de lugar”. La necesidad de expresar a través de líneas también es un buen motivo para escribir una novela.

Él era un espíritu libre. Adoraba montar en bicicleta y caminar por el monte. Vivió en Moscú, París, Colonia, San Francisco… Parloteaba muchos idiomas. Era muy inteligente y muy sociable. Hacía amigos por la calle, le encantaba escuchar música clásica, leer, escribir, la danza… Ese mismo espíritu quise representar cuando trece años después volví a reunirme con su familia. Ese mismo espíritu representamos sus hijas, cada una con nuestras habilidades. Sentí el orgullo de portar su sonrisa, sentí el orgullo de considerarme un espíritu libre, afianzado, al igual que él, en la necesidad del viaje, la aventura y la conjunción de las letras.

Había olvidado en qué consiste una misa. Le llevamos las flores más bonitas del mundo: alegres, de colores y diferentes entre ellas. Nunca había sentido tan de cerca a un coro. Él cantaba en el coro. Por eso, dediqué más tiempo de la misa a mirarlos de frente, sin prestar atención a las palabras del cura. Las respeto, él creía en ellas, pero yo preferí recordarlo posicionado detrás de mí en mis primeras clases de violín, allá cuando era una niña que escogió el instrumento más bonito de todos. Preferí recordarlo entre las herramientas del garaje, o enseñando a mi hermana a montar en bicicleta. Aquel empeño en que viajara a Alemania porque él decía que tener experiencias es lo que más vale. Producía un crujido de periódico que nos enfadaba a todos y leía libros extraños sobre América Latina. Se apretaba el cinturón del pantalón en exceso y se reía de sus propias bromas, solo un Murgoitio tiene la capacidad de descifrarlas.

Las flores símbolo de la vida

Las flores son preciosas/ Euskadi. J.M

Había olvidado en qué consiste el momento de paz de la misa. La he sellado con su familia, con la mía. Las discusiones, el odio y el rencor han acabado. Es extraño asumir que ahora queda la tranquilidad y la paz.

También es extraño comprobar cómo el proceso de creación de una novela se enzarza en la realidad de los hechos. Él sabía que la escribía, pero no le dije que iba a dedicársela. Omití que, parcialmente, le lanzara un mensaje; de comprensión, de amor y de perdón. Omití que escribiéndola llegué a comprenderle, a él y a su familia. Omití que escribirla me había dañado para después aliviarme y liberarme.
Su muerte ha contribuido a renovar mis fuerzas para sacar el texto adelante. Correjirlo en su totalidad, buscar un prólogo y enzarzarlo en las editoriales. Su muerte ha contribuido para que la lucha entre el querer y el deber se amortigüe. Su muerte ha contribuido para sentir, con más fuerza que nunca, que lo verdaderamente importante en la vida es vivirla.

También quiero agradecer a todas las personas que se acercaron a Durango para asistir al funeral. A cada una de ellas, mi hermana y yo les decimos gracias de corazón. Se agradece muchísimo sentirse acompañada y querida en momentos tan duros. A mis amigas, todas han estado muy presentes. A mi novio, por su preocupación, su amor y sus ánimos, a pesar de estar en el extranjero.

Personalmente, quería agradecer a mi hermana pequeña habernos unido tanto en un momento tan doloroso. A mi hermana mayor, que discurre en el dolor de una forma diferente. A mi madre, por respetar en la distancia y estar presente. A su marido, lo llevamos en el corazón y lo queremos con locura.

Y por último, quería dar las gracias a mi padre, por darme la vida y por ser, exactamente, tal y como él era.

Maite zaitugu, aita.

 

 

 

 

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